El método Apple: déjalo caer

6 de junio de 2009 por paaq

El otro día los microsiervos enlazaron una apasionante galería de hitos en la historia del ordenador personal. Allí, entre otros muchos conocidos de la casa, hablaban del primer gran fracaso de Apple.

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El Apple /// nació en 1980 con muchas esperanzas puestas en él. Era un ordenador rápido -2 MHz- potente -hasta 128 K de RAM- y completo, con disquetera, teclado y dos puertos serie para conectar periféricos.

Sin embargo, la vida comercial del Apple /// fue breve y oscura. El PC de IBM acababa de nacer y su modelo de arquitectura abierta había roto el mercado, con docenas de fabricantes fabricando ordenadores compatibles. El Apple /// era relativamente caro, más de tres mil dólares, y, más importante, albergaba importantes fallos de diseño.

En lo que ya es una tradición de la marca, los ingenieros de Apple decidieron no incluir un ventilador en el interior de la computadora. Eso, unido a lo juntos que estaban los componentes para caber en lo que en aquellos tiempos era una carcasa pequeña, provocaba un notable recalentamiento de la placa base. Este calentamiento causaba dilataciones, que a su vez provocaban que los circuitos de la memoria RAM se aflojasen de su sitio.

La propia empresa informó a los usuarios en un boletín de una manera para solucionar esos problemas en el Apple ///: levantando la máquina tres pulgadas sobre la mesa y dejándola caer. El golpe reasentaría los módulos de memoria.

Vaya, hombre, ¿de qué me suena eso? pensamos cuando leímos la historia. Pues nos suena de algo que le pasó hace tiempo a Manu, cuando llegó a sus manos un iPod de cuarta generación que había perdido toda gana de vivir. Manu googleó un poco, y descubrió que dejar caer un iPod desde cierta altura en el momento en que arranca puede solucionar ciertos problemas de enquistamiento del disco duro interno. Dicho y hecho, Manu consiguió un nuevo reproductor de música por la vía de la reparación.

Así pues, en el caso de que un producto Apple comience a darte fallos, es posible que la solución sea levantarlo unos centímetros y dejarlo caer.

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La plusvalía de los colorines

12 de diciembre de 2008 por paaq

Ayer acudimos a un debate en el Medialab del que sacamos algunas ideas. La conversación recorrió el espectro de Foucault a los emuladores a salto de mata, pero me quedo con el concepto de plusvalía en términos -casi no marxistas- de producto: el plusvalor, la diferencia entre el precio y el valor. Dado que casi todos los productos de consumo -moda, vivienda, copas- se nos presentan inflados de precio, la sociedad actual nos condena a gestionar este plusvalor. La utilidad real de los productos y servicios que adquirimos está perdida en un mar de apariencias, diseños, marcas y promesas de status que representan el noventa por ciento del precio, igual que la economía financiera era diez veces más grande que la economía real justo antes de la crisis. En el caso del arte, en el que el plusvalor de una obra es del 100%, veo un futuro complicado. Daniel García-Andújar parece tener claro que el futuro de su gremio pasa por educar a la sociedad en el arte, o sea y comercialmente hablando, ampliar el target.

Una manera de gestionar el plusvalor es elegir la ropa y complementos electrónicos que llevamos encima. Somos nuestro móvil, nuestros zapatos, nuestro reproductor mp3. El diseñador de Apple Jonathan Ive introdujo en los años 90 la posibilidad de comprar el mismo producto en cinco colores distintos para muchos de los cacharritos de la manzana. Bien, es una solución barata y moderna que otorga más poder de elección al consumidor sin que se vaya a comprar a otra marca. Somos el color de nuestro ipod.

Y si otorgamos más importancia al color del ipod que a su capacidad, su batería, su sistema de derechos, su ausencia de radio ¿quién está decidiendo todas esas características? Pues Apple, claro. Al fin y al cabo, son expertos. Saben lo que queremos y saben lo que pueden fabricar. El acuerdo tácito que se produce entre la empresa y el consumidor es: yo fabrico lo que quiero venderte, y tú me lo compras en el color que más te guste. El consumidor como gestor de un plusvalor. Dinero no habrá, pero pa tontás…

Retrocedamos un poco: Estados Unidos, años 20, era dorada del diseño. La economía financiera ha crecido con la paz mundial y las expectativas de futuro. Las empresas fabrican productos en masa diseñados por gente como Henry Dreyfuss, que aporta su firma y su diseño (el plusvalor). El consumidor tiene poder de elección, pues son varias las marcas de cada cosa que puede encontrar en una tienda. Para recoger este poder de elección, Walter Dorwin Teague, otro diseñador estrella de la época, rediseña la cámara “de bolsillo” Vest de Kodak, la rebautiza como Vanity, y se produce en cinco colores distintos:

Esta historia la ha sacado a la luz un investigador de Microsoft, Bill Buxton, en un artículo titulado Lo que Apple aprendió de Kodak. No hablamos de un plagio ni de una copia (la cámara Vanity es ampliamente conocida entre los diseñadores) sino de una estrategia consciente y bastante adecuada en los tiempos que corren. Me gustaría saber qué nos puede decir el señor Buxton sobre el diseño y el consumo durante los 30, a ver si podemos ponerlo en práctica los próximos tristes años.

Lo vi en el Gadget Lab de Wired

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Las tres quejas sobre baterías de Hanno

26 de julio de 2008 por paaq

Un blogger alemán ha publicado tres propuestas sobre las baterías que visten nuestros dispositivos portátiles. Son tan sencillas y escuetas que parecen un bello teorema matemático:

  1. El límite de las tres horas debe desaparecer.
  2. Las baterías deben ser reemplazables.
  3. Necesitamos un standard para dispositivos portátiles.

El tema tiene más relación con la obsolescencia de lo que parece. Hay una gran distancia entre los factores que mueven al consumidor a comprar un producto tecnológico y el uso que finalmente se le da al producto, lo que lleva a que productos mal diseñados, aunque se vendan bien, acaben antes de tiempo en la basura. El límite de las tres horas, que por supuesto no está recogido el ningún documento, lleva muchos años con nosotros (a mi Game Gear le duraban las pilas tres horas). Los teléfonos -en conversación- y los ordenadores portátiles parecen incapaces de superar esos doscientos minutos de uso; los reproductores MP3 y las videoconsolas sí que han podido.

En cuanto al segundo y tercer puntos, son todavía más evidentes. La moda impulsada por el iPod de no hacer accesible la batería, teniendo que acudir a un servicio oficial para cambiarla, será causa de miles de toneladas de residuos electrónicos en un futuro, causados principalmente porque al cacharro se le acabó la pila. La necesidad de standards, tanto en baterías como en cables o enchufes, es algo que podríamos tatuarnos todos. En resumen: cuanto más autónomos y actualizables sean nuestros productos, más cariño les tendremos y más tardaremos en tirarlos a la basura.

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